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No me cambio por nadie

En esta hora avanzada de la noche, las tinieblas de la desesperanza se hacen muy espesas. Vemos cómo cae una civilización, la nuestra, a golpe de mazo y escoplo (victimismo e hipersensibilización) y cómo se yergue la insolente vaciedad del paganismo (islam y secularismo, con su cortejo de veganos y pansexualistas). Vemos cómo la ‘nada’ nos come el terreno… vemos… no vemos nada: nos sumimos en un destrozo tan inmenso que no hay forma de hacer pie y tomar perspectiva.

La débil y trémula llama de la fe no vence la oscuridad. Nuestra fe vacila, se siente apabullada y suspira, ay, suspira por otro tiempo que, si no fue mejor, al menos fue otro. La desilusión se adueña del corazón del vigía, pensando -oh, tentación- que nunca vendrá el alba ni el relevo en la guardia. Que nunca terminará esta ronda ni podrá nuestra vigilia desvelar la noche. La desilusión, el fracaso, la desesperación.

Y bien: ¿por quién te cambiarias? Duelen los ojos de escrutar la noche, tan vacía de signos, tan llena de silencio. Se envidia a quien duerme o a quien se convierte en animal nocturno, a quien no se enfrenta a la oscuridad, sino que se envuelve en ella.

¿No sería mejor cambiar de vida? Abanadonar este esteril afán de vivir sobrenaturalmente, de elevar todas las cosas por encima de las rastreras aspiraciones del mundo y de la carne. Descansar de luchar contra la líquida afirmación de verdades que no convencen, que no enfurecen.

¡Vamos a dejarnos de utopías! ¡Seamos realistas!

¡Apostata!

Pero entonces abres los ojos y te descubres apoyado en el altar, con una hostia en las manos y unas palabras que no son tuyas en los labios. Y entonces te vuelves a preguntar:

¿Por quién te cambiarías?

Y se hace el silencio, que no es vacío, es intimidad: porque Le miras y te mira, porque descubres tu nada y tu cansancio como trono de su Eternidad Inmensidad y su Potencia. Porque sin tu voz -rota y ronca- no se gobernaría el mundo. Porque en tus dedos se sostiene el universo entero, más aún: tocan a quien sostiene todo lo creado.

La noche es espesa, pesada, profunda. Pero hay una luz que brilla inextinguible en la tiniebla:

No sois vosotros los que me habéis elegido a mí. Soy yo quien os he elegido a vosotros y os he destinado a a que vayáis y déis fruto” Jn 15, 16.

Amén.

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Orgullo y prejuicio

No he leido la novela. He tomado el título para explicar el hastío que me produce cierta celebración basada en el orgullo. En el orgullo herido. En la victimización de un colectivo que, seamos sinceros, no tiene en común más que una morbosa satisfacción de sus instintos sexuales.

No voy a entrar a valorar la conducta homosexual. Si alguien tiene dudas sobre mi postura al respecto, lea el sutítulo de este blog. Pero sí quiero hacer caer en la cuenta, desde el otro lado del confesionario, cómo estas celebraciones tienen más de prejuicios que de motivos de orgullo.

Un estererotipo es una catetez mental. Hay tantas formas de ser cualquier cosa como personas que se definan con ello. Ser sacerdote es de lo más estereotipado del mundo y, sin embargo, no encontrará dos sacerdotes iguales en todo. En nada. Dejarse llevar de estereotipos es ser imbécil e injusto.

Que se pueda tener por orgullo una forma de vida -de diversión- que raya en lo ridículo, en lo esperpéntico, sólo es una forma más de desigualdad. Haciendo el ridículo no te haces de respetar.

Mirad los taxistas contra Uber. Muy dignos ellos, se retratan como lo que la gente detesta de ese sector.

El orgullo es otra cosa, si no quiere ser soberbia. El orgullo nace de la dignidad, y la dignidad tiene dos fuentes: el ser y el hacer. El ser nos lo hemos cargado (oh, metafísica), porque nadie sabe a ciencia cierta lo que es. Sí, somos hijos de Dios, pero eso nadie lo toma en cuenta. Y el hacer… pues ya veis. La excelencia y la superación no está bien vista en éste tiempo, donde es ley dejarse arrastrar de las pasiones (sexuales y todas las demás, que no todo es el sexto). Al final el bocado mejor se lo lleva el Malo: todo se convierte en ocasión de pecar, en dejarnos malvender, en perder nuestra dignidad.

Si levantáis la cabeza, que sea para dirigir la mirada al cielo, no para mirar por encima del hombre a nadie.

 

Volver a volver

¡Qué ridicula constancia!

No debo terminar de cogerle el truco a wordpress por que, otra vez, me he descubierto mi propio blog abandonado, al intentar dejar un comentario. Como hace tiempo, como cada vez.

Tengo que reconocer que alguna cosa me ha dado gustirrinín leerla. Será vanidad, morriña o melancolía, ¡quí lo sá!

El caso es que tengo, otra vez, deseos de volver a la blogosfera. Más discretamente, casi anónimamente, anodinamente. Sin hacer ruido, sin darme a conocer. Será un blog para mí mismo, para las paredes de mi alma, para los bordes de mi soledad.

Ya tengo una especie de diario, el cuaderno que llevo a la oración; pero esos son apuntes más Suyos que míos, y lo que pasa en un matrimonio (espiritual) se queda en el secreto de la alcoba. Pero no es este un diario de solterón, no, ni mucho menos. Sólo es un divagar  las ideas, dejarlas fluir, cribarlas al escribirlas (¡gracias, don Enrique!).

No sé cada cuándo volveré. Quizá ahora mismo. Quizá nunca más.

Pero estamos en cuaresma, y la conversión es una constante vuelta a volver a casa. Como un hijo pródigo y calavera, un ni-ni irredento que sabe dónde es amado, de verdad. Lo contrario no es fracasar; lo contrario es desesperarse y eso, cuando se le tiene el corazón entregado, está prohibido.

Pues hala, que he vuelto.

 

Vaya veranito

El verano está siendo horroroso.

Problemas, poblemas, porbelmas…

Para colmo me he puesto a dieta, así que cuando llego a la noche a la rectoral, no puedo satisfacer todas mis insatisfacciones con una cena altamente calórica -y claro, riquísima-.

A ver si pasado mañana puedo (después de mi encuentro con la báscula) tomarme un buen vaso de horchata o un bombón almendrado.

Con lo grande que podemos llegar a soñar, y yo anhelando la triste satisfacción de dos bocados que me costarán 20 min. más de “ciclostatic”.

 

Prometo escribir con más enjundia, pronto. Creo. Espero. Digo.

Penitente, porque amó. Pelo descuidado, mirada perdida, una calavera y la Escritura. ¿Para qué más?

Hoy no se estila hacer penitencias, quizá porque se ama poco. Estamos dispuestos a sufrir lo justo, sólo por lo que amamos: irnos de vacaciones, adelgazar…  Si Jesucristo y el evangelio no nos quitan el sueño, la comida, el descanso… ¿amamos?

Santa Magdalena, contágianos tu amor encendido.

San José en el Canon

¿San José en el Canon?

Bien, mi corazón se alegra y descansa -a diario lo nombraba, más devoto que liturgo- pero presiente que el virus bugnini no ha desaparecido, más bien se ha reactivado en la liturgia.

¿Se obedecerá el decreto Paternitas vices como el aquel que mandaba corregir las traducciones inclusivistas del pro multis?

¿Podremos aspirar a ver restaurado el ofertorio o el confiteor?

San José, ora por nosotros, que no sabemos lo que tenemos entre manos.

Volví

He descubierto que hace tiempo cree este blog, hijo impío de mi piedad desvariada… y lo olvidé. Hoy, al intentar dejar un comentario en un blog de WordPress, me ha descubierto (el muy canalla) y he decidido no dejarlo morir de inanición.

Prometo pasar por aquí a menudo.

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